Aunque la cultura sea hermosa y nos brinde un sentido de
pertenencia en nuestra sociedad local, siendo motivo de orgullo exigir a los
miembros de nuestra sociedad mantener nuestras "raíces", como medio
de identificación de los pueblos, es más hermoso pensar que somos ciudadanos
del mundo que comparten miles de culturas como patrimonio de la humanidad.
Es momento de soltar el egoísmo y las esquirlas de
segregación que aún nos queden de ese pasado ignorante y conquistador que nos
fundó. Es hora de que, a pesar de los diferentes idiomas que hablamos, nos
pensemos como uno solo, como humanos, una especie que, por muy variopinta que
sea, sigue siendo una sola. La existencia de un solo hombre repercute en la
vida de todo el universo.
Sentimos lo mismo, nos preocupa lo mismo, nos reproducimos
igual. Todos estudiamos, trabajamos, nos divertimos, envejecemos y deseamos
dejar un legado para hacerle sentir al futuro que una vez existimos.
¿La única diferencia? Que nos gustan diferentes cosas, ni
que fuera necesario que todos disfrutáramos por igual.
Es preciso desligarnos de la globalización efervescente y
errante que se vuelve costumbre, que aunque es un avance en la comunicación,
nos está señalando a dónde ir sin que nos detengamos a pensar. Debemos
reconocer y hablar de cultura a nivel global, diversa y unificadora. La
globalización nos dejaría de parecer alienante si aprendiéramos a amar al
prójimo, a reconocerlo como parte de "nuestra familia".
Es así como Dios nos hizo a su imagen y semejanza.
Complejos, diversos, interesantes, hermosos. Humanos al fin.
Me preguntas ¿Cultura? Te respondo "¡Humanidad!"

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